—¡Luis!... ¡Primo!...—exclamó éste no menos sorprendido.

Pero, pasada la primera impresión, hizo un movimiento de molestia semejante al del que duerme y se ve bruscamente despertado.

El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía, siguió andando para detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le inspiraba profundo respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia todos los Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían á muy contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría una importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente con el personaje.

Los dos hombres quedaron mirándose en silencio largo rato.

—¿Tú aquí?...

Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la fuerza de su asombro.

Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no había visto nunca en él. Era una expresión de resignada modestia, de decaimiento de la voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido nada de extraordinario desde la última vez que se habían visto.

Cristina y la niña le acompañaban en los ejercicios. Muchas familias de lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el mismo fin: las señoras en el hotel: los hombres en las celdas del monasterio. Ya llevaba allí seis días y le faltaban cuatro.

—¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?

—Sí—contestó el millonario con sencillez.—Me sienta perfectamente: no tienes más que mirarme.