Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada quedaba en él del enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las Arenas. Su mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de sus primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.
El médico le escuchaba con asombro enumerar las ocupaciones de su vida en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del tiempo marcada por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y media de la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía misa y tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la tranquila huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba de nuevo hasta mediodía en su celda, recibiendo la visita de su director, rezaba el Vía Crucis en los claustros, comía á la una descansando de nuevo hasta las cuatro, y á esta hora bajaba á la capilla para escuchar las pláticas con los otros compañeros de ejercicios. A las siete era la estación al Santísimo Sacramento, después el Rosario, los dolores y gozos de San José y el examen de conciencia de todo lo hecho durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.
Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de seres, gozaba la extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad otra que era superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos años de bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los primeros días habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura de no ser nada, de verse guiado, anulando su voluntad, empequeñeciéndose, pensando á todas horas en la muerte para convencerse de la humana insignificancia.
El mundo al que había de volver le parecía lejano, muy lejano. Aquel Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con sus agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.
—Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción que adivino en mi mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que al salir de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia cristiana, como dice....
Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el nombre en que pensaba. Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y añadió con energía, queriendo imponer su convicción:
—Los jesuítas no son malos como yo creía torpemente. Debes salir de tu error, Luis. Son unas excelentes personas: unos santos. ¡Ay, si tú los tratases!
Después habló de Urquiola, que les había acompañado á los ejercicios, pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado por el Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de Bilbao.
—Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi hija, aquí me quedaría para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya sabes lo que es: penas y maldiciones.
Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo fijamente, sin pestañear, como en presencia de un enfermo; de «un caso interesante».