—¿Y qué es eso que llevas ahí?—dijo de pronto, agarrando el libro que su primo conservaba cerrado en una mano.

Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen encuadernado en pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era los Ejercicios espirituales de San Ignacio, explicados por el Padre Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido sobre los últimos años del reinado de Isabel II.

Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había encontrado sobre su mesa cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de piadosa belicosidad, hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor Nuestro, sumo capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más conmovedora al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de maldición era tan intenso, «que una sola centella reducía á polvo una piedra de molino; si caía sobre un globo de bronce lo derretía al punto, como si fuese de cera, y si en un lago reducido á hielo, lo hacía hervir en un instante.» Los condenados sentían este fuego en el cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas, vientre, corazón, venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en las potencias del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con el Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe malicia las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de tan horrible fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las almas después de los santos ejercicios.

Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días estaban dedicados á meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno. Después se meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la misericordia de Dios.

—¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y la gloria, tan vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?

La firme mirada de Aresti turbó á su primo.

—Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me asaltan dudas, y me callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me causa cierto bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen susurrándome cuentos al oído.

El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á añadir:

—Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes. Además, en estas meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni tú ni nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.

Y el terror á lo desconocido, á la muerte inevitable, á la eterna sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con un gesto desesperado.