Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro de San Ignacio, una página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres y llorar de horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes hermoso é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar; también se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se enredan entre el cabello, entran en la boca y empiezan á comer la lengua, salen luego y registran todo el cuerpo entre carne y vestido. Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando: ya se ve pulular una grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne del vientre, de la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los gusanos mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues eres hombre de humo ó tierra.»

—¡Lee esto! ¡lee esto!—decía el millonario abriendo el libro por aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su obsesión.—¡La Muerte!—murmuraba luego.—Se habla de ella muchas veces, pero sin pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar el pasto del gusano....

Después, en voz baja, dijo al doctor:

—Debe existir algo después de la muerte. No sé ciertamente si será lo que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué pierdo yo con creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la casa, y bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á engaños.

Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu comercial, que examinaba la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase las probabilidades de un negocio.

Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo estaba bien agarrado, por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas de los felices.

—Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los Padres son gente simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en todo, podías callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro de que todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases con la inmensa equivocación de que hay algo?...

El doctor le estrechó la mano con frialdad, convencido de que se separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con extrañeza, como si fuesen otros hombres.

Y Aresti salió de la huerta, precedido por el hermano, que ahora callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio, como si hubiese escuchado de lejos parte de la conversación.

Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo, que le seguía con los ojos y parecía decirle: