—¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte!
X
A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del mes de Septiembre.
El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión popular era el ultimátum que lanzaban los trabajadores.
Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de la villa.
No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al santuario de Begoña.
El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso, que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.
En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban nerviosamente sus cachabas, oyendo las burlas de la gente de las fábricas.
Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...
Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.