Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á él, husmeaba sus manos.

—¿Buscas la bronca, eh?...—dijo al médico.—Tú vienes porque te gustan estas cosas, y yo me voy por no verlas.

Se marchaba á cazar chimbos á cualquier parte: le interesaba huir de Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.

—El aire huele á pólvora, querido Planeta: van á llover palos. Al venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías. El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto, para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en ver estas cosas.

Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina blanca.

—En esto llevas razón, Luis—dijo el capitán enardeciéndose.—Si me voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue pronto el momento de matar perros liberales.

El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le irritaba.

—Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta tarde camino de Begoña.

El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.

—Es otro hombre—dijo Iriondo con tristeza.—Aquella casa ya no es la misma.