Era el Barbas, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores, escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba con ojos feroces á los obreros.

—¡Bestias!—les gritaba como si cometiesen un crimen.—¡Tenéis la dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...

El doctor contestó á su saludo alegremente.

—¡Compañero! ¿Tú aquí?...

Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto, sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado, ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.

—¿Y el mitin?—preguntó Aresti.—¿No vas al mitin?

El Barbas hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro; reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos cataplasmeros. Y en esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento del obrero.

—Cataplasmeros, doctor—gritaba.—Nada más que cataplasmeros. Este es un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero y entonces seguirán al Barbas y á otros como él, y en veinticuatro horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede, aunque acabe el mundo.

Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el monte como un perro sin abrigo.

La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha oliendo la pólvora.