—¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!—exclamó con alegría, mirando al otro lado del puente.
Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.
Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la Señora de Vizcaya. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.
Aresti se vió solo. El Barbas corría hacia el gentío, dando gritos de entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre, lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella, creyendo evitar así mayores desmanes.
Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República; algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence, viendo en estas loas á la Señora de Vizcaya un hipócrita insulto á la integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.
El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.
Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo, rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.
La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del Barbas. ¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...
Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo incendiario, extinguiendo el fuego.
Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer. Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.