Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma.
—Aprisa, hijos míos—decía á los conductores del cadáver—que hoy aún me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.
Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que terminase su tarea de acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de luna clarísima, al retirarse á casa después de una cena con los contratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre, vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas á otro, envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba á cada paso. Después, una especie de centauro agrandado por el misterio de la noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir:
Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt...
—Buenas noches, don Luis—dijo el cura al reconocer al doctor.—Con este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he dejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja!
Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su lúgubre cantinela, á la luz de la luna, camino del cementerio.
Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de la parroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No, carape!: él tenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo, tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación parroquial tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores del obispado después de dar un tiento doloroso á los ahorros y cuando al fin habían acabado por colocar á sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstos á las faenas menudas del templo, reservándose él los entierros.
Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia. Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de mineral con los señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar un vistazo al trabajo de los peones. Pero á pesar de que sus negocios marchaban bien y á la hora del champagne, en las cenas de los contratistas, le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más de cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera época de las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cual vivía á su gusto sin obispos ni autoridades de ninguna clase. Aborrecía los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes medios de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado por bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar el paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo en Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba más caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando el cura inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á San Antonio. Aún reía el doctor recordando la candidez con que explicaba el cura esta preferencia.
—No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí en Gallarta hay tanto buey....
Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso de su cabalgadura.