—A la mina, ¿eh?—preguntó Aresti.

—Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un rato á ver lo que hacen aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo humano. Hay que trabajar, don Luis.

—¿Pero hoy no es día de fiesta?...

—¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere decirme con su sonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y deben guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajan en todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones, después de tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada. Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: le dejo para que se burle de mí á sus anchas.

Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para hacer una pregunta.

—¿Dicen que han matado al Maestrico?... Vaya un caso. Era un buen muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A la tarde entierro! ¡Arre burra!

Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la seguridad de que había caído trabajo.

Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se vió detenido por un hombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja Catalina le llamaba furiosa desde adentro.

—¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá usted el tren! Ya le he dicho á ese condenao que su primo le espera y no está usted para canciones...

Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre, diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!» Tembló por su mano, cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callosos y gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculatura de atleta desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacía recordar á Aresti la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que había admirado en su niñez.