—Vengo á lo del otro día—dijo con alguna torpeza, pero mirando al médico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso defendiendo sus pretensiones.

—¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo. ¡Me buscan tantos!...

Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una sonrisa maliciosa animó su rostro.

—¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del practicante. Tú eres el marido de esa... Bien ¿y qué?

—Quiero que usted arregle eso, don Luis—continuó el gigantón con energía;—ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran escándalo. Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo testigos. Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que le corresponde, irá á un presidio y ella á la galera.

—Sí, hombre, sí—dijo Aresti.—Recuerdo tu asunto. Me gusta verte más tranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo?

—Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza sufra castigo. ¿Va á ser él de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él.

—Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que exijes. Veinte duros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas gana eso en el hospital!... ¡Si es más pobre que tú!...

—Bueno—dijo el gigantón con aspecto indeciso, rascándose la cabeza por debajo de la boina.—Pus que sean quince... ó que sean doce, ya que usted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con menos de doce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo ver con una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Ir á presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, que paguen, ya que quieren hacer el guapo!

Y se alejó, después de recomendar varias veces al médico, con tono suplicante, que no olvidase su asunto.