Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como placas de oro.

Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta lamentarse en medio de la opulencia de su vida!

—Entonces,—dijo el doctor—eres infeliz porque nada te falta, porque posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.

El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza, para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle.

Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país, satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa destruida y la familia ausente.

Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?»

Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia.

—Lo que llaman mi palacio—murmuró—no es para mí más que una casa de huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi juventud de empleado; eso es todo.

—¿Y tu mujer? ¿Y Cristina?

—¡Mi mujer!—dijo el millonario con amargura:—yo no tengo mujer: sólo tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca.