Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador; porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah! ¡cuando descansase—se decía entonces—cuando viera asegurada su fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó en el salón de visitas de los padres de la Compañía.

Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un marido á su mujer con melifluidades de esas que sólo se ven en los amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos por darla vida.

Nada malo podía decir de ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no turbaban su voluntad.

Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas. Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba ella en vísperas de una comunión aparatosa!...

Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una servidumbre cruel de su sexo.

—Es muy honrada, muy virtuosa—dijo con amargura el millonario,—pero, para mí, como si no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.

Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta, cantando al piano el Goizeko izarra, la invocación melancólica á la estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de la tarde.

—¿Y esa?—preguntó el médico.—¿No tienes á tu hija?...

El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica. Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa. Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar, como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él.

—La amo—decía el millonario,—la amo á pesar de todo. Pepita me quiere á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza, este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre; el único pariente verdadero.