Y hablaba enternecido de aquel hogar oculto, de la familia improvisada que era para él la verdadera. Judith, engordando en su bienestar tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua divette aventurera, Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y entre los dos, aquel pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El millonario se enorgullecía viéndolo tan hermoso, con una belleza afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún rasgo de él.

—Un verdadero hijo del amor—decía el hombretón con sonrisa placentera.—No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado! ¡tan poquita cosa! Parece un bebé de porcelana.

Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban el privilegio de indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran siempre los más hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se encontraba en los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por deber y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono, en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla casera.

Sánchez Morueta calló como fatigado por su confesión. En uno de sus paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se alejaban lentamente, sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las conversaciones de la tertulia de doña Cristina.

—¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la felicidad que busco fuera, ocultándome como un malhechor!—exclamó el millonario, como si el recuerdo de su familia despertase en él cierto remordimiento.—Pero no creas, Luis, que estoy arrepentido—añadió con resolución.—Yo tengo derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se encuentra.... Pero dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto?

Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no quería hablar. Si proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en continuarlos. La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en iluminar con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno era que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese amado. En el mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor desgracia es abrir los ojos.

—Me quiere, Luis, me quiere—interrumpió el millonario apresuradamente.—¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién era yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos de amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era yo Sánchez Morueta.

El doctor asombrábase ante la firme convicción de su primo. Celebraba su optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se mezclaba en el asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios sociales para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su riqueza. A Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su primo, su aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les ocurría á otros. Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los que en aquella tierra querían encontrar en la esposa algo más que una compañera y administradora. Unos habían de buscar la alegría de su existencia fracasada fuera de su casa, manteniendo, por cobardía ó egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo; otros, más resueltos y valerosos—él, por ejemplo,—rompían abiertamente, no queriendo vivir encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de solteros, con la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera.

Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran como eran, un poco por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por lo que no tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al aislamiento, á la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las mujeres, no viendo en el hombre más que una máquina de fabricar dinero é hijos. ¿Qué había hecho al casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los poderosos de su país. El matrimonio ajustado por las familias, sin hacer gran caso de la voluntad de los contrayentes: después, el viaje aparatoso de varios meses por Europa, para alardear de riqueza, deseando el marido volver cuanto antes á reanudar sus negocios. Y el mismo día de la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar dinero, ó al club, para vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada para siempre á las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin más diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.

No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y saraos, como los aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para asegurar su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de heredar las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros funcionaban con los palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer: las fiestas del verano eran el único esparcimiento anual para todas ellas. Faltas de diversión, ansiosas de reunirse, de oír música, de algo que despertase su sentimentalismo, buscaban en la iglesia su club y su teatro, pasando el día en el templo del Corazón de Jesús, allí donde la arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y bermellón, el armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas, parecían acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de místico.