Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien discurrido aquel asedio, para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por medio de ella hasta la dominación del esposo! De ellos era principalmente la culpa, ¿Qué habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección, arrastrados por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo? Veíanse obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se presentaba como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una devoción dulzona y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo, dirigiendo á su antojo al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba desde la sombra á apoderarse de la voluntad de los hombres, los cuales se movían, sin conocer el impulso de sus acciones.
Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos á los sacerdotes, porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas, dejándolos en mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El doctor se indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban al hogar las exigencias de una dominación acaparadora.
—Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en tu casa—dijo el doctor,—¿qué has hecho para evitarlo?...
Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él? ¿qué podía evitar él? ¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?...
—Tú has dejado, como los otros—continuó el doctor,—que tu mujer buscase un remedio á su soledad, entregándose á la devoción. ¡Y te extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso de adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de negocios, el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á los prejuicios de la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de su madre y su hermana. Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna, ¿cómo has dejado que fuesen apoderándose de una mujer á la que amabas, separándola de tí? Te quejas de que ya no es tu esposa; pues ese afecto que te falta y ha trastornado tu existencia lo tienen otros. En tus propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han robado. Sí alguna vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.
El millonario sonrió con desdén.
—¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!... Efectivamente, son gente antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo soy liberal; yo me batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de caballo y pan de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los carlistas. ¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos, cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?...
Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su primo, sin dejar de sonreír.
—No sigas, Pepe—dijo el doctor.—Adivino lo que piensas. Soy un cursi. Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para desviar el odio que instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi hablar mal de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido, lo intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán astuto que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las horas en el confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al Corazón de Jesús, que coloca por encima de Dios.
—¡Yo no digo tanto!—exclamó el millonario.—Yo no creo en ellos, y hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso del odio al jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas partes y creer en sus venenos y puñales.