—Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus venganzas. En esta tierra nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya ves, nada malo me ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de una casa que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les ayuda la imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré lo que pienso? Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo, llegan á producir una epidemia. Si encuentran un ser débil preparado para recibirlos, lo matan; pero si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á repelerlos, ellos son los que perecen. No tienen fuerza para apoderarse de nada por sí mismos. El que les haga frente puede estar tranquilo de que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar poderoso de los tontos y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y se ofrece, diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos en cambio el cielo.»
Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía en otros tiempos, en la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus individuos era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como apreciables medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de riquezas y viajando por toda la tierra, sus famosos sabios no habían enriquecido á la humanidad con un sólo descubrimiento de importancia. Su talento consistía en presentar al vulgo las medianías como genios de fama universal y colocar á la mayoría restante en sitios donde no se evidenciase su vulgaridad.
El médico se reía igualmente de su poder. Sólo alcanzaba á los que caían ante sus confesonarios. El que cortaba toda comunicación con ellos, podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos pobres hombrea, temibles únicamente para los que viven á su sombra.
Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia dentro de la Iglesia era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su Compañía, las demás órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más moderna se había apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los frailes, despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar los procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas épocas. Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer dinero, guardando la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto voto de obediencia al Papa, peculiar de la Compañía, había hecho indispensable para el Vaticano el apoyo del jesuitismo. Hasta podía afirmarse que el ejército monástico de Íñigo de Loyola había salvado al pontificado en el trance, terrible para él, de la revolución luterana. Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de nuevo en acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese y vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete se negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía había salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo había muerto con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el catolicismo ya no era más que una palabra: la verdadera religión era el jesuitismo. El Papa que bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que decreta y disciplina las conciencias, era el General, oculto en el Jesu de Roma.
—Esto á mí en nada me interesa—acabó diciendo Aresti.—Yo vivo fuera del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que el otro.
Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él tampoco. Él no hablaba con la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de las prácticas religiosas; no le preocupaban.
—A tí, sí—dijo Aresti con energía.—A tí deben preocuparte. Crees que vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni te tratas con curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te arrodilles ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de la familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario Sánchez Morueta!
El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En Inglaterra se reirían oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban, si es que alguna vez hacían memoria de ellas.
—¿Pero es que Londres es Bilbao?—gritó exasperado el doctor.—¿Acaso Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas las naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en cuando para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no concibe la vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos, puede aplicarse á los Estados. Contra los fuertes se estrellan y perecen, pero de los débiles, predispuestos al contagio, se apoderan como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá aplicarse al que sueñe con el jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero aquí ¡vaya con la cursilería! ¡y no puedes moverte sin tropezar con ellos!...
—Sí; aquí dominan mucho—dijo el millonario con gravedad.—Yo sé que á otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios del apoyo de capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen... pero es allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú creas lo contrario, estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios; han intentado conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no necesitaba. Estoy muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no entrarán por más que se empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me impulsaría á romper con ella, á separarme, sin miedo á lo que dijese la gente. Tú que sonríes y hasta parece que te burlas: ¿has visto aquí alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que vengan á visitarnos esos señores de la Residencia?