—No: no vienen—dijo Aresti sin abandonar su gesto irónico.—¿Y para que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no necesitan de tu permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á tu hija? Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la familia....

—Me has repetido lo mismo varias veces: son ilusiones tuyas. Ya conoces mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán. Sería un buen golpe para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el tiempo.

Aresti estaba pensativo y parecía no oírle.

—El otro día—dijo con lentitud, como si reconcentrase su memoria—leí un drama en francés y me acordó de tí. Era La Intrusa de Mæterlinck, ¿Conoces eso?...

El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo para la literatura.

—La Intrusa—continuó el médico,—es la Muerte, que entra en las casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los efectos de su paso.

Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia reunida en torno de la mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una pantalla verde. En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la gravedad: fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en el jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados, ocultando la cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces despiertan en el tazón de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores caen deshojadas, las piedras crujen como si las pisasen unas plantas de inmensa pesadumbre... y sin embargo no se ve á nadie. Ya suenan pasos en la escalinata: la puerta se abre, á pesar de que no sopla el viento. Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida. Intenta la familia cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un cuerpo invisible, con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de orientarse. Y después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero se adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante la lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la enferma y vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La enferma acaba de morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama atravesando todos los obstáculos; la Intrusa, para la que no hay puertas, que avanza invisible, haciendo sentir en torno su oculta presencia.

Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á su primo, que parecía no comprenderle.

—En tu casa ocurre lo mismo—dijo tras larga pausa.—Crees que ese enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco. Todos los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de María. ¿No presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No percibes su roce? El último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te mira á todas horas y conoce tus acciones. Sus ojos son ese secretario que tienes y ese señorito pariente de Cristina, que busca unirse á tí, pensando en tus millones más que en Pepita. Sus manos son tu mujer y tu hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil; aprovecharán un instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del Intruso. Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo.

Sánchez Morueta reía ruidosamente.