—Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de original. La lectura te ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y dramas, é intrusos... y demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en libertad á mi familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se entretenga con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de hacer yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa que la que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no lo hago yo, Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú.

Hablaba con una firmeza británica de su respeto á la libertad. Él no quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera sus creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una misma familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.

Aresti pareció irritado por la calma serena con que su primo hablaba de la libertad.

—Yo también creo lo mismo—exclamó;—pero en un país como ese de que hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y la persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias diversas, y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una especie de federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende dominar al Estado y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad absoluta en este país, que es famoso en el mundo por la Inquisición y por ser patria de San Ignacio?... Llevamos sobre las costillas cuatro siglos de tiranía clerical. La unidad católica no está consignada en las leyes, pero ya se encargan muchos de que perdure en las costumbres. Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos que se emancipan han de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y vienes tú con esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas las creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando exista esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un siglo, que saca la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por completo de las entrañas de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy un hombre de mi tiempo, tal como me han formado las circunstancias de mi país, no como me lo enseñan los libros. Yo soy un jacobino; yo quiero ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un hombre que sueña con la violencia, con el hierro y con el fuego, como único remedio para limpiar á su tierra de la miseria del pasado.

Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba hablando. Latía en sus palabras el odio á la influencia oculta que había truncado su vida, hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole constituir una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia los nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, abrazándose á instituciones que estaban muertas desde hacía siglos. Además, ¿por qué conceder las ventajas de la libertad á los que habían empleado antaño su inmenso poderío combatiéndola, arrumbando escombros sobre su tallo naciente y ahora, al verla vigoroso árbol, querían ser los primeros en gozar de su sombra? No: él no reconocía derecho para existir á unas creencias que eran la negación de la vida; no podía conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma libertad.

Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué haría si supiera que en su escritorio existían hombres que deseaban el naufragio de sus barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus minas, la desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No los expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la vida, para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la existencia; para los que adoraban la castidad antipática de la virgen sobre la soberana fecundidad de la madre; y ensalzaban la pereza contemplativa, considerando el trabajo como un castigo; y hacían la apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en el estado perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir las miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como obra del demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las miserias, todos los rigores que martirizan al hombre, marcando, en cambio, con el sello de la execración las únicas alegrías que están á su alcance. Aquellos enemigos de la vida, la insultaban llamándola valle de lágrimas. ¿No deseaban salir de ella cuanto antes? Pues á darles gusto y que dejaran el sitio libre á los pecadores, á los malvados que aman este mundo y se conforman con todos sus defectos y tristezas, sabiendo que más allá no existe otro mejor.

Aresti hablaba con una vehemencia feroz, brillándole los ojos con fuego homicida.

—Eres un inquisidor—dijo su primo soriendo.—Parece mentira que un hombre moderno como tú se exprese de tal modo.

Aresti no quiso protestar. No le infundía repugnancia el mote de su primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de algo nuevo, sentía lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos. En otros pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la libertad. La Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había servido de puente. Pero en esta tierra había que dar un salto violento, pasar, sin puente alguno, desde las creencias de cuatro siglos antes, aún en pie y poderosas, á la vida moderna. El tránsito había de ser rudo y brutal. Era un ensueño querer guiar al pueblo mansamente, pasito á paso: había que correr, que saltar, derribando lo que aún quedase por delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia triste que pesa sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer. En unos cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español lleva dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que turbaba la paz pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían la suspensión del derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos aplaudían á la guardia civil cuando daba tormento, resucitando los procedimientos salvajes de la Inquisición; los pobres admiraban al fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos la suprema gloria en la bomba de dinamita; los gobiernos, ante el más insignificante motín, abominaban de la libertad como si fuese un fardo abrumador... En otros tiempos, los católicos rancios presentaban sus pruebas de pureza de sangre para demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó mahometano. ¿Quién podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de fraile ó de familiar del Santo Oficio?

Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones populares, recordaba la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran masa. Aplaudían con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por espontáneo impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y la gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no se había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó más tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como algo positivo relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que hicieran los oradores por exponer las generosidades de la sociología revolucionaria, la gente sólo veía la ventaja de aumentar en unos cuantos reales el jornal y trabajar alguna hora menos... Pero se hablaba del jesuíta, del fraile, del cura, y la muchedumbre se ponía instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban los ojos con el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso el trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores, buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las huelgas por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: las manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que cruzaba la calle: hasta los motines contra el impuesto de Consumos tenían por final la quema de algún convento.