—Y es que el pueblo—continuó Aresti—adivina por instinto cuál es el enemigo más próximo, el primero que debe acometer al despertar, y no se junta para algo que no dirija contra él sus iras.

El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad, reconocía que en apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra la Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban; vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de temerle? Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los ricos y no podían esperar los pobres que se introdujeran en sus miserables tugurios. ¿Por qué, pues, odiarlos? Era que la masa, por instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta á toda tentativa de avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los de abajo. Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos, haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la limosna, inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado, obligándoles á creer que deben aceptarse como dones celestes las miserias terrenas, pues sirven para entrar en el cielo. Y el pueblo, que sólo conseguía ventajas en fuerza de rebeldías y revoluciones, se vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á los impostores.

Además, existía un impulso de fuerza tradicional. Da las entrañas de la historia patria se desprendía un hálito de santo salvajismo. El brasero inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul obscurecíase con nubes de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían asistido entre sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo entusiasmo que provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra clamaban venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.

—España es un país de olvido—decía el doctor.—Aún se estremecen en Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró veinticuatro horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han encargado de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué una institución digna de elogios; como quien dice un jueguecito para divertir al pueblo. En otros países levantan estatuas á los víctimas de la intolerancia religiosa. Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por segunda vez, creando el vacío en la historia. De tantos miles de mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado hasta el vulgo.

Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el vengador del pasado, Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la simplicidad de sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la ejecutora de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en nombre de Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos que recordaban los ritos sangrientos de los fenicios ante sus divinidades ardientes. Y el desquite llegaba con no menos ferocidad, como el desahogo de un pueblo que se venga. Intentábase ahora, al menor motín, quemar los edificios que servían de albergue á los representantes del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con todo su contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de Europa. Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante de la España nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales pobladores del país, dignos descendientes del inquisidor, educados por él en el desprecio á la vida humana, en la facilidad de inmolarla como holocausto á las creencias. ¿De qué se quejaban los que mañana serían víctimas, si ellos habían envenenado el alma de un pueblo, formándolo durante siglos á su imagen y semejanza?...

El doctor recordaba ciertos mariscos que, segregando el jugo de su cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve de vestido y defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia, el de la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura: Él estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el inquisidor en nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio de todo deseo de venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal y dulce, que levantaría el edificio moderno sobre el solar limpio de escombros.

—¡Estás loco!—exclamó Sánchez Morueta riendo.—Por eso te ponen esa fama de hombre que tiene cosas. Si te tomase en serio, habría para sentir horror por lo que dices.

Aresti se encogió de hombros.

—Pero ven acá, mediquillo chiflado—continuó el millonario.—Reconozco que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú dices. Ya sabes que yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado en que han puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con ellos no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es tal vez darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha libertad, mucho progreso, y ya verás como las costumbres de la civilización les empujan hasta el sitio que deben ocupar, sin que osen salirse de él!

—¡Ahora me toca á mí reír!—exclamó el doctor.