Y reía mirando á su primo con ojos compasivos, mientras contestaba á sus razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes, en la amplitud de la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de dominación, la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á ellos por el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo del rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento, compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!... Mientras aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los esfuerzos para reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las ventajas del progreso nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y se zampaban los mendrugos que la civilización arrojaba al paso, por encima de nuestras bardas, mientras el pobre mastín español soñaba en medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de parásitos.
Había que fijarse en el trabajo de los padres de la Compañía, que eran los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado Mayor del ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía Barcelona siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos. Adquiría Jerez inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y sobre las techumbres de las bodegas alzábase dominadora la iglesia del jesuíta. Descubría Bilbao sus minas y en seguida se presentaba el ignaciano á pedir su parte, levantando la universidad y el templo; la fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la salvación eterna. No había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero mapa de España, que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior, condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y famélicos, para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe. Ellos eran como los juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta del agua. Donde ellos apareciesen, no era posible la duda: existía la riqueza.
La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos recién roturados, la codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se condensaba en provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba ante la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había de permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó si se abría á las caricias de la civilización era en provecho de los dominadores acampados sobre ella.
Con el catolicismo no eran posibles los respetos. El que se mantenía ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de que la Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que poseían la verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de hablarles para transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de imponerla á los hombres, aunque fuese por la fuerza, exterminando á los espíritus rebeldes que se resistían á recibir el beneficio. Podía vivirse en paz con todos los errores, siempre que fuesen fruto de la razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta á rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con unos hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones indiscutibles de la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se indignaban ferozmente viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus crímenes del pasado y sus pretensiones del momento, imponían el deber de combatirlos. Podían respetarse sus creencias, pero vigilándolos como locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo estado de debilidad para que no intentaran imponerse por la violencia.
—¡El respeto á la libertad!—continuó el doctor dirigiéndose á su primo.—Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que en una colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.
Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al mismo tiempo que la describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la bestia, ¿Con qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para ser libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como en su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía abriendo la jaula. Y el animal, al salir de un salto, mostraba su agradecimiento al libertador haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de una zarpada, desgarrándole el pecho con los colmillos.
—Suelta á la pantera de nuestra historia—gritaba el médico;—déjala en libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos colocar ante ella unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que puede, y ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua.
—¿Y qué quieres?—preguntó Sánchez Morueta.—¿Matarla? ¿Crees que eso es posible, de un golpe?
—Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que suprimirlo.
Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió con convicción: