Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban el interés que mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el menor esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún trabajador que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado. El elogio que hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.» Además, le querían, por verle siempre en guerra con los señores de la administración, en defensa de la gente de los talleres. En las oficinas trabajaban muchos amigos de Goicochea, que se aprovechaba, para colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran compañeros suyos de las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se preocupaban más de los pensamientos de los obreros que de su trabajo, y valiéndose de ciertos espionajes de taller, los tenían sometidos á continua vigilancia, clasificándolos según sus creencias.

Un día el ingeniero había tenido un choque con la administración, al ver despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un obrero antiguo. Todos los compañeros recordaban que un mes antes su camarada había enterrado civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un hijo suyo, y acusaban á los culebrones de la dirección de una ruin venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después de matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que debían pensar? ¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como ciertos hipócritas que halagaban de este modo á los amos, para procurarse trabajo? Sanabre tuvo una viva discusión en les oficinas y acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El millonario, abstraído en sus negocios, ignoraba la vida interna de sus fábricas, y se indignó contra aquellos empleados, que eran excelentes administradores, pero se aprovechaban de las facultades que él les daba, para imponer sus creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero volvió á ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al ingeniero esta victoria.

Si Sánchez Morueta gozaba de algún afecto entre los miles de hombres que le veían pasar como un fantasma por el edificio de la dirección, era un reflejo del cariño que todos sentían por Sanabre. Aquella gente adivinaba la simpatía que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don Fernando estuviese al lado del millonario, no había que temer que entrase en los altos hornos el espíritu de purificación santurrona que reinaba en otras fábricas. Él defendía los intereses de su principal, procurando que el trabajo marchase bien; pero fuera de los talleres todos quedaban en libertad. No ocurría lo que en las fábricas y las minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura de ciertos periódicos ó la asistencia á un mitin, para ser despedido con ridículos pretextos. ¿Qué le pediría al amo aquel don Fernando tan bueno y simpático que no se lo concediese?

Y así era: Sánchez Morueta sentía por Sanabre un afecto casi paternal. Encontraba en él algo de aquel hijo, que en vano había esperado en los primeros tiempos de su matrimonio. Hacía ocho años que se había presentado una mañana en su escritorio con una carta de recomendación de un amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero industrial en Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener á su madre y sus hermanas que subsistían de una mísera pensión del Estado. Su padre había sido militar; todos los hombres de su familia eran hombres de guerra: la espada pasaba de generación en generación, como instrumento de trabajo, en aquella familia de levantinos. Pero á él no le gustaba la profesión de soldado: se parecía á su madre. Y Sánchez Morueta, examinando al muchacho, reconocía que efectivamente había en él muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las manos finas, la piel lustrosa, de un moreno pálido, los ojos grandes y dulces, tal vez en demasía para un hombre, y una dentadura igual y nítida, sin esa agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote, ensortijado con cierta arrogancia, era la única herencia física de sus belicosos antecesores.

El millonario sintió simpatía por el joven desde el primer instante. Tal vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de luchador y la delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energías, su viveza de carácter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo «Parece un tenor»—se dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariñado con su idea, no oía ópera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los cantantes y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba á su joven ingeniero.

Sanabre no tardó en apoderarse del afecto de su principal. Aquel hombre de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el joven. Muchas veces, antes de hablar, salía al encuentro de su pensamiento, lo adivinaba, cumpliendo las órdenes que el millonario aún no había formulado. Además, el ingeniero tenía sus ideas propias, y las comunicaba con una discreción tan suave, que el principal acababa por creerlas suyas.

Cuando Sánchez Morueta le tomó bajo su protección acababa de fundar los altos hornos. Sanabre entró en el despacho de los ingenieros como un simple agregado, trabajando á las órdenes de un inglés, que había construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde, pues pasada esta hora, el whisky, bebido en abundancia durante el día, le impulsaba á las mayores extravagancias. Cuando el inglés volvió á su país, Sánchez Morueta miró con sonrisa paternal á su ingenierillo. «Muchacho, ¿te atreverías tú con todo eso?... ¡Vaya si se atrevió! El millonario reconocía que desde que Sanabre estaba al frente de los altos hornos marchaba la explotación con más regularidad, siendo menos frecuentes los conflictos entre la administración y el ejército obrero. Era un excelente engrasador que, apenas notaba un entorpecimiento en la complicada máquina, acudía á remediar la aspereza con su dulzura y sus buenas palabras. A no ser por él, hubieran surgido varias veces en los talleres la protesta y la huelga.

Los de la administración—por exceso de celo y por antipatía instintiva hacia la masa jornalera, que vivía sin acordarse de la religión, hablando á todas horas de sus derechos,—inventaban á cada paso nuevas reglamentaciones para cercenar algunos céntimos de los jornales ó aumentar el trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea hablaban de la necesidad de «velar por los intereses de la casa», y al mismo tiempo, de meter en un puño á aquella gentuza, cada vez más exigente y respondona. Pero Sanabre estaba allí y servía de intermediario y pacificador. ¿Qué le importaban á un potentado como Sánchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan poca cosa entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.

El millonario aceptaba silenciosamente la opinión de su ingeniero, y renacía la paz, mientras los jesuitones de la Dirección (así los designaban en los talleres), sonreían hipócritamente á Sanabre, agradeciéndole las derrotas con felina amabilidad.

Muchos obreros habían notado cierta transformación en la persona y las costumbres del ingeniero director. Vestía con más esmero, y los que estaban habituados á verle en los talleres con boina y zapatos de suela de cáñamo, sin preocuparse del polvo del carbón ni de las chispas del acero, se inquietaban ahora cariñosamente por los trajes nuevos y los sombreros flamantes adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo descuido entre las fraguas chisporroteantes y las nubes negras de los cargaderos. Sus cuellos altos, sus corbatas de vivos colores, llamaban la atención de las mujeres que trabajaban en el carbón, pobres seres enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que siempre tenían algo que pedir al ingeniero para remedio de su maternidad miserable.