—¡Chicas: nos lo han cambiado!—se decían;—ya no es don Fernando: parece un señoritingo de los del Arenal. ¿Quién será la novia?...
Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la repentina transformación.
Algunas noches le veían los obreros salir en un coche para Portugalete: de allí pasaba por el puente colgante á Las Arenas. De alguna de estas excursiones volvía con una flor en la solapa, conservándola varios días, hasta que se secaba. Los trabajadores que tenían más confianza con él, sonreían al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este adorno de la solapa, mientras pasaba revista á los talleres.
—¿Cuándo es la boda, don Fernando?—le preguntaban.
Y él contestaba con una sonrisa de enamorado, contento de la vida, como si desease comunicar algo de su felicidad á cuantos le rodeaban. La visión de un jardín, y de una mujer, marchaban ante él por los negros y ruidosos talleres, embelleciéndolo todo como un rayo de sol.
Una tarde de verano, escribía Sanabre en su despacho, junto á una ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ría, con dos vapores, un trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de la orilla opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un niño, y de bigote erizado, trabajaba cerca de él, y en la habitación inmediata los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteniéndose algunas veces para pedir aclaraciones.
Sanabre parecía inquieto; miraba de vez en cuando á sus subordinados con ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de ellos se fijaba en él, volvía á escribir, no en los papeles de marca grande que usaba para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero parecía acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de artista.
Más de dos páginas había llenado, cuando alguien dió con el bastón fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovió á todo el personal, habituado á la calma casi monástica de aquella oficina.
—A ver, ¿dónde está ese ingenierete?...
Lo primero que vió Sanabre al levantar la cabeza fué el brillo de unos lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandonó su sillón confuso é indeciso, dudando entre salir al encuentro de aquél ú ocultar la carta.