Los empleados, que le conocían vagamente como pariente del principal, volvieron á enfrascarse en su trabajo, mientras Sanabre, todavía atolondrado por la inesperada visita, le ofrecía una silla junto á la ventana.

El doctor explicaba su presencia allí. Había bajado de Gallarta, llamado por la mujer de un antiguo contratista que ahora vivía en el Desierto. Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas señoras, aunque se trasladasen á Bilbao ó fueran á vivir al otro extremo del mundo, no querían otro médico que el doctor Aresti, obligándolo á ir de un lado á otro como un comisionista de la salud. ¡Maldito carácter que no le permitía negarse á nada! Y mientras venía la hora de coger el último tren de las minas, se había dicho: «Vamos á echar un párrafo con el ingenierito y de paso veré el gran feudo industrial de mi primo....»

Acariciando con amistosas palmadas á Sanabre, le decía con tono malicioso:

—Desde el día del santo de Pepe que no te había visto. Cuántas cosas han pasado desde entonces ¿eh?... Parece que todo va bien.

Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que éste le tratase con igual confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, á pesar de su carácter comunicativo. Los escudriñadores ojos de Aresti, habituados al examen rápido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos á aquella carta que Sanabre pretendía ocultar.

—Eso no será ningún trabajo de ingeniería—dijo en voz baja y con sonrisa burlona.—Me da en la nariz cierto tufillo de noviazgo.... ¡Vaya un modo de velar por los intereses de mi primo, señor ingeniero! Y de seguro que en esos cajones hay algo más que planos y estudios. Cartitas de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografía: tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, señor ingeniero. Eso es muy propio de la seriedad de una oficina como esta.

Y reía viendo la confusión de Fernando, el cual instintivamente volvía la mirada hacia los cajones de un secretaire inmediato, desconcertado por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temió Sanabre que sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de allí cuanto antes, y se puso de pie invitando á Aresti á seguirle. ¿De veras que no había visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las mejores: había cuela de mineral. Y salió de la oficina seguido por el doctor.

Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones, surcada por vías férreas y cubierta de polvo de carbón, el médico detuvo á su guía, como si le interesase más hablar con él, que contemplar la riqueza industrial de su primo.

—Vamos á ver, Fernandito—dijo cogiéndolo por un botón de la americana.—Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga tu gente: ¿cómo van esos amores?...

Sanabre se ruborizó, haciendo signos negativos con la cabeza; pero le desconcertaba la mirada del doctor, fija en él con la tenacidad insolente de los miopes.