—¡Pero ingeniero del demonio! No niegues. ¡Si lo sé todo!... Vaya por descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada me lo dijo el Capi cuando vino á cazar chimbos á la montaña. Ya sabes que él es hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa de lo que ocurre en casa de Pepe. Conque dime, ¿cuándo piensas ser mi sobrino?
Sanabre se entregó: con aquel hombre no valían disimulos. Además, el doctor le había inspirado una gran confianza y sentía el anhelo de todo enamorado por comunicar su felicidad. ¿A quién mejor que al bondadoso Aresti, que además aparecía ante sus ojos engrandecido por su parentesco con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirtió en una verbosidad atropellada. Quería contar de un golpe toda la historia de sus amores: se extrañaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo que él y le escuchase con gesto irónico, que daba á su cara una expresión de Mefistófeles bondadoso.
¡Ay, qué tarde aquélla, en la que Pepita, paseando por su jardín de Las Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le había contestado afirmativamente! Era la única vez que Sanabre creía haber estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los árboles, de aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como avergonzados, al pronunciar el mágico monosílabo. Lo cierto era que al anochecer salió del hotel de Las Arenas tambaleándose, y eso que durante la comida no osó beber más que agua, por el respeto que le infundía Sánchez Morueta. Junto al puente de Vizcaya había vaciado sus bolsillos, derramando un puñado de pesetas entre la chiquillería que miraba con cierto asombro á un señorito, con el sombrero echado atrás, andando á grandes pasos, como un loco. En Portugalete, al tomar el tren, iba de un lado á otro del vagón, con una nerviosidad que inspiraba cierta inquietud á los viajeros, cantando entre dientes todos sus recuerdos musicales que tenían algo de tierno y amoroso, todos los dúos en que el tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasión á la tiple. ¡Qué noche, doctor!... Después se había serenado; su felicidad adquirió cierto sosiego, pero aun así, cada día le traía nuevas y profundas emociones. Llegaba á Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Sánchez Morueta, como si éste fuese á presentarse iracundo é imponente, señalándole con gesto mudo la puerta. Tenían que librarse de la vigilancia de doña Cristina, para cambiar la carta que llevaba escrita con la que le entregaba Pepita en un rincón del hotel, ó en una revuelta del jardín: y gracias que contaban con el auxilio de Nicanora, la aña de su novia, la ama seca que, después de criar á la niña, se había quedado á su lado disputando su influencia, primero á la institutriz, y ahora á las doncellas y demás servidumbre femenina de la casa.
Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que aguardaba las cartas de Pepita; cómo las leía y releía; cuántas veces en mitad de su visita á los talleres, acometía su recuerdo la duda de una palabra, la sospecha de que tal párrafo envolvía cierta frialdad, y volaba de nuevo á su despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la letra amada, como un jeroglífico que ocultaba su felicidad. Él no había creído nunca que pudiera amarse tan intensamente. Había conocido á Pepita con la falda corta y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardín, bajo la mirada de acero de una inglesa huesuda, que al más leve descuido gritaba como un loro arisco: «¡Miss!...» ¿Quién le hubiera dicho entonces que se había de enamorar de aquella chiquilla? ¡Porque él estaba loco por Pepita, realmente loco, querido doctor!
Y Aresti, sonreía con cierta compasión ante las cosas fútiles que constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados, ante las inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia vulgar.
—Es esta tu primera novia, ¿verdad?—dijo Aresti.—Ya se conoce: todos hemos pasado por eso. Es el sarampión de la juventud. Un signo de fuerza y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue, hijo, sigue.
La única tristeza de Sanabre era la consideración de la gran desigualdad de fortuna entre él y su novia. ¿Qué diría su principal cuando se enterase? Le creería un aventurero que intentaba apoderarse de su inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era para muchos la única carrera un buen matrimonio, ¿qué pensarían de un ingeniero pobre que ponía los ojos nada menos que en la hija de Sánchez Morueta?...
Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar su pensamiento. ¿No creería él también que le guiaba el deseo de conquistar de un golpe la riqueza? Esta duda le entristecía. Él amaba á Pepita... porque sí. ¿Quién sabe por qué se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de Bilbao, huraña y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres vivían separados, era Pepita la única joven con la que había tenido algún trato, y el amor, que no piensa en diferencias sociales, ni conoce otros obstáculos que los de la naturaleza, le había sorprendido, inflamando sus treinta años, la edad de las grandes pasiones. ¡Ay! ¡Cómo deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse á él, le agradeciera no sólo su amor sino su trabajo! ¡Qué! ¿no le creía el doctor?...
—Te creo, muchacho—dijo Aresti—Claro es que no te sabrá mal ser yerno de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aquí las hojuelas son tu amor. Tú eres de otra raza; tú vienes de abajo, del Sur, de un país de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar menos en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto á la mujer... ¡tanto! que á veces se la da de puñaladas para tirarse luego del pelo ante su cadáver. Sois unos animales más vehementes, más complicados é interesantes que los de aquí. Tengo la certeza de que si esto sigue, aún te verán alguna noche con una guitarra, en Las Arenas, cantando serenatas ante la ventana de mi sobrina.
Aresti, por no molestar al ingeniero, cambió de tono y le habló con gravedad. Podía prepararse á sufrir disgustos. Aquello no sabía él cómo podía acabar; lo más probable era que terminase de mal modo.