—Lo sé—dijo Sanabre con tristeza.—Temo al principal cuando se entere. Se indignará, sin que le falte razón para ello.

—Mi primo es el menos temible. No tiene opinión formada sobre el porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de que tú, que eres un trabajador, continúes su obra. Hay que esperar siempre algo bueno de su carácter.... ¡Otros son los que debes temer!

Y hablaban de su prima, la «antipáticamente virtuosa» como él la llamaba: aquella Cristina que se creía postergada por haberse unido á Sánchez Morueta á pesar de que éste le trajo la fortuna. ¿Qué iba á decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un empleado de su casa? Ella sólo apreciaba dos cualidades, como las únicas respetables en el mundo: una gran fortuna ó un nombre histórico, relacionado con las glorias del país vasco y de la religión....

—Además, ingeniero de Dios—continuó el doctor:—tienes que luchar con Fermín Urquiola, que también parece que anda tras de la chica, no sé si por impulso propio ó empujado por la madre.

Aquí se irguió Sanabre con el orgullo del hombre que sabe es preferido. A ese no le tenía miedo. Estaba seguro de que inspiraba á Pepita una aversión irresistible: bastaba ver con qué despego le trataba. Aquellas niñas criadas junto á las faldas de sus madres, conocían todo lo que pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en asueto, que se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre más allá de las rejas. Pepita conocía la vida de aquel señorito, mezcla de matón clerical y de calavera rústico, que pasaba las noches en las casas del barrio de San Francisco y había sido conducido varias veces al juzgado por borracheras tumultuosas. No, á ese no podía quererlo Pepita: lo despreciaba á pesar de que la perseguía en las visitas, extremando con ella su cortesía empalagosa copiada de los padres de la Compañía. Se retiraba de él con cierta impresión de asco: como si la pudiera manchar con impuros contagios, á los que ella, en su inocencia, daba formas monstruosas.

—Y de mi sobrina ¿estás muy seguro?—preguntó el doctor fríamente, con forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al joven.

Sanabre sentía la ciega convicción de todo amante. Sí: estaba seguro de que le amaba: ¿Por qué le había de engañar, halagando sus ilusiones? El ingeniero no comprendía la pregunta del doctor.

—Es que sois de diversa raza—continuó Aresti—Tal vez me engañe, pero ¡qué quieres!; desde aquí, sin haber leído vuestras cartas, sin haberos escuchado, apostaría algo á que, de los dos, tú eres el que quieres más y mejor.

Sanabre quedó silencioso un momento. Parecía asombrado, como si de repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por la que veía algo nuevo. Acudían de golpe á su memoria hechos olvidados, palabras en las que no había puesto atención, mil insignificancias que parecían removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba éste en lo cierto. Pepita no parecía tomar el amor con el mismo apasionamiento que él. Era un incidente que alegraba su vida dándole nuevos deseos, pero sin llegar á turbarla profundamente. Mas el ansia de ser amado, de engañarse con dulces ilusiones, el egoísmo varonil, inclinado siempre á creer en una predilección en favor suyo, se sublevaron en Fernando.

—No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.