Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba arriba, entre planos y cuadernos de cálculos; hojas de papel satinado, de suave color de rosa, en las que Pepita juraba quererlo «más que á su vida» y terminaba invariablemente «tuya hasta la muerte.» Para Sanabre, estos juramentos eran más solemnes é inconmovibles que las sentencias de un tribunal.
—Pues si ella te quiere—dijo el doctor—¡adelante, muchacho! y á ver cuándo te llamo sobrino.
Sintiendo cierta conmiseración por su optimismo, intentó animarle, disminuyendo los obstáculos ante los cuales se aterraba Fernando. Al padre, á pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no había que tenerle gran miedo. Era cuestión de que el descubrimiento le pillase de buen talante. Aún pasaría tiempo antes de que se enterase, preocupado como estaba por los nuevos negocios que le obligaban á trasladarse á Madrid todos los meses. Además: él sabía lo que era el amor (¡vaya si lo sabía!) y no era hombre que de buenas á primeras se indignase contra un joven, porque no había sabido resistirse á las inclinaciones de su corazón. Quedaban otros enemigos, y además la malicia de la gente, que creería cálculo lo que era amor.... Pero ¡qué demonio! un ingeniero no era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como eterno personaje, desde hacía años, en las novelas y los dramas. Al salir sobre las tablas ó en el primer capítulo un protagonista joven, noble, arrogante, que sólo abría la boca para decir cosas hermosas y profundas, ya se sabía, era un ingeniero.
—Lo malo—añadió Aresti, recobrado su tono irónico—es que en este Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El ingeniero priva en otros países como un primer galán del porvenir; pero aquí, ¡hijo mío!, el héroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de Deusto.
Y antes de que Sanabre volviera á hablar de su amor, el médico añadió, cogiéndole de un brazo:
—Vaya; enséñame todo eso. Piensa que aún tengo que ir á Gallarta.
Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta de polvo de hulla y de residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles que formaban una complicada telaraña de vías férreas. Sanabre enumeraba todos los medios de comunicación que convertían el establecimiento en una red complicada, con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de vía. Tenían un ferrocarril directo á las minas; otro para las mercancías, que empalmaba con la vecina estación; vías para los embarcaderos, vías para comunicar unos talleres con otros: total, muchos kilómetros de rieles que se entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos puntos, al encontrarse las vías, se tendían unas sobre terraplenes y otras pasaban por debajo, al través de pequeños túneles. El espacio estaba cruzado por los hilos del alumbrado y los teléfonos, y los cables de los tranvías aéreos. Entre esta red de acero alzábanse numerosos postes, con sus faros eléctricos semejantes á lunas apagadas. Los guardas paseaban por las vías con la carabina pendiente del hombro y el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas ó las orillas de la ría por donde se colaban los merodeadores en busca de la chatarra, acero viejo, piezas de máquinas desmontadas ó rollos de alambre, que vendían en los baratillos de Bilbao. La ría—según decía el capitán Iriondo—era peor que una carretera antigua. Así que cerraba la noche, una turba de merodeadores saqueaba las orillas, llevándose todo lo que estaba suelto en barcas y edificios.
El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de los motores, que aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba aplicación. Aquello era obra suya y proporcionaba á la casa, sin nuevos gastos, una fuerza de más de dos mil caballos. Después venían los hornos para hacer el cok, que extraían del carbón, el alquitrán y el amoníaco.
Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un vapor de la casa estaba atracado á la riba, tan hondo por el descenso de la marea, que sólo se le veían la chimenea y los mástiles. En aquélla destacábanse pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Sánchez Morueta. La grúa del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el agua. El tanque, que contenía una tonelada de combustible, salía de las entrañas del barco, se remontaba hasta la punta del puente aéreo y, deslizándose con incesante chirrido, entraba tierra adentro para vomitar su contenido en una de las varias montañas de hulla que se interponían entre aquella parte del establecimiento y la ría. Otro vapor con bandera inglesa, estaba inmóvil, un poco más allá, hundido hasta la línea de flotación, esperando su turno para descargar.
—Consumimos mil toneladas diarias—decía el ingeniero con orgullo.—Necesitamos más de un barco cada veinticuatro horas.