Después, enseñó al doctor el triturador del carbón, donde trabajaban las mujeres entre una nube de polvillo que las cubría la cara, dándolas un aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos enrojecidos, en medio de su máscara negra.
Los grandes talleres, para la reparación de las maquinarias de la casa y construcción de máquinas nuevas, puentes y hasta barcos, no atrajeron la curiosidad del doctor.
—Conozco esto—dijo Aresti.—Lo he visto muchas veces fuera de aquí. Lo que á mí me interesa es la especialidad de la casa, la base de vuestra industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y señalaba los altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que subía hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor de volcán envolvió á los dos hombres al aproximarse á los altos hornos. Marchaban por plataformas de tierra refractaria, surcadas con una regularidad geométrica por pequeñas zanjas que servían de moldes al mineral en fusión. Por este cuadriculado del suelo corría el hierro líquido al salir de los hornos, tomando la forma de lingotes. La tierra ardía, obligando al doctor á mover continuamente los pies. Los gruesos muros de los hornos irradiaban un calor sofocante que abrasaba la piel. El ingeniero, habituado á esta temperatura, describía con gran calma la función de los altos hornos.
Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil kilos de mineral, mil quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga entraba por arriba en los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de sus entrañas, formábase el metal que descendía por su peso hasta salir por la base de las torres. Día y noche ardían los altos hornos: el enfriamiento era su muerte. Calentarlos y ponerlos en disposición de funcionar, costaba una fortuna. Si se apagaban había que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto de medio millón.
Un descuido en el trabajo, una huelga, podía costar la existencia á aquellos gigantes de la industria, que sólo vivían ardiendo y tragando combustible á todas horas. Cuando surgía una huelga en la montaña y los ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, había que echarles carbón lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra, con su aspecto de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la industria, y podían inutilizarse al menor descuido.
Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones, el médico, asombrado por la enorme mole de las dos torres ardientes que parecían servir de pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la adoración de las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los ídolos ígneos que cocían dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las víctimas humanas.
—Ahora van á sangrar—dijo Sanabre, señalando á un obrero viejo que hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de tierra refractaria.
Se abrió un pequeño agujero en la base de una de las torres y apareció un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de agudos rayos que herían la vista. Se fué agrandando, y un arroyo rojo obscuro, como de sangre de toro, corrió por la tierra con un chisporroteo ruidoso.
—¿Eso es el hierro?—preguntó Aresti.
—No: es escoria. El hierro vendrá después.