El médico respiraba con dificultad. La tarde de primavera era calurosa. Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida era imposible. Se enrojecían los ojos; parecía que las pestañas iban á consumirse, secábase la piel sintiéndose en cada poro una aguja ardiente, y los pies movíanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.
Aresti admiraba á los trabajadores, que estaban allí como en su casa, habituados á una temperatura asfixiante, moviéndose como salamandras entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si el incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles el esqueleto y la piel. Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo cobrizo, como esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor les hacía exponer sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en partículas de ardiente arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de horrorosas quemaduras.
Sanabre señaló la boca del horno. Iba á comenzar la colada. No era una estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una gran hostia de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal, esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti creyó morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto con la atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas en infinitos fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que revoloteaban vertiginosamente con alas de vibrantes puntas; mosquitos verdosos que zumbaban un instante, desvaneciéndose para dejar paso á otros y otros, en interminable enjambre. El hierro era de un rosa intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba por las canales con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada, y al quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha del enfriamiento.
El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba de Sanabre.
—Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para morir.
Aun vieron como, cambiando de dirección la canal del horno, arrojaba su chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una vagoneta. Era el caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete, salió á toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos, arrastrando el enorme tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido rojo, siguiendo el traqueteo de las ruedas.
Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la mano del ingeniero.
—¡Guíame, Virgilio!—dijo riendo.—Yo voy como el poeta de los infiernos: cuida de que no nos quememos.
Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos hornos, saltando los arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por encima de una de las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta la cruz de los pantalones.
—¡Por fin!... Aquí se respira—dijo el doctor al descender de la meseta donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra firme.