Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose aire con el pañuelo.

—Parece mentira, Fernandito—dijo con su acento zumbón—que viviendo aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un botijo grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la nieve.

—Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que este es más pintoresco.

Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de los convertidores. Eran enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre, en espacios abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los encargados de voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga, llegaban hasta ellas por unas pasarelas de acero.

Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de Bessemer; el gran descubrimiento industrial que había abaratado el acero, enriqueciendo á Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como los de las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más caro; pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más salida, lo fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía, con un arrobamiento de devoto, las funciones del admirable convertidor, que simplificaba la industria. El hierro era purificado dentro de él por una gigantesca corriente de aire que inutilizaba el carbono, el silicio y el manganeso: así se formaba el acero. No era de clase tan superior como el Siemens, por ejemplo, pero servía perfectamente para los rieles de los caminos de hierro; la gran necesidad de la vida moderna.

Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la grandeza del espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del taller, y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía del vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El metal en ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un torbellino de chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué fuego! Era aquello tan grande, tan inconmensurable, que Aresti recordaba, como un juego sin importancia, la salida del metal de los altos hornos.

Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía recto por el espacio un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja, esparciendo plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino, descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en cuando, la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su chorro luminoso; pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el chorro con mayor rugido, con tonos azulados que iban pasando por todos los colores del iris. Fuera del taller aún era de día. El sol, en el ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los cobertizos; pero los ojos, deslumbrados por este resplandor de incendio, lo veían todo negro, como si hubiese llegado la noche.

El acero líquido caía en moldes de forma cónica. Una grúa movía los moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y aparecía el lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como si fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en un carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los hornos de laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como si fuese un ídolo arrastrado por sus fieles.

Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le entusiasmaba la original belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas gentes que sólo aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda sensación artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un juego de chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar el Vesubio. ¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de la ciencia, hacían poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las fuerzas de la naturaleza.

Y así seguía el doctor, desbordando su admiración en entusiásticas palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los obreros que manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del taller, pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las moléculas del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los pies cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para librarse de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al rojo blanco con la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con aquellos infernales panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne en humo, dejando el hueso al descubierto. Podían matar á un hombre con su contacto, sin dejar en el ambiente más que un leve hedor de chamusquina, un poco de vapor: después, nada.... Y los conos diabólicos atraían con su luz y su blancura, confundiendo las distancias, como si gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos carne adentro, evaporándola.