Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado por el ruido y el calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel mundo de incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con su blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce.

Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en los hornos y al salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de cilindros que los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita prolongación. Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y volteaban los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La masa de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua de muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de las tenazas la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el extremo opuesto, para volver á entrar, siempre cambiando de forma. Avanzaba el lingote desde la boca del horno cabeceando, como un animal rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido al sentirse agarrado y surgía por el lado opuesto convertido en una viga de fuego, corta y encorvada: y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con ruidosos quejidos, como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por fin, no era más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.

El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba á los obreros negros y recocidos por aquella temperatura de infierno, atolondrados por el ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que remover pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración. Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas veces el alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría él, de verse condenado por la fatalidad social á aquella labor que embotaba los sentidos y parecía evaporar el cerebro en un ambiente de fuego. Una sed eterna, semejante á la de los condenados, martirizaba á aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de allí, que la paz y la sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una alegría momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir aquella vida de salamandra!...

El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo, y al salir al aire libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto satisfecha. A lo lejos veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos cobertizos, interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del alambre. El ingeniero hablaba de lo curiosa que era esta manipulación, pero Aresti no quiso seguirle.

—Ya he visto bastante—dijo con acento de cansancio.—Esto es un gran espectáculo... para el invierno.

Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de las máquinas, viendo cruzado el espacio por las columnas de humo de las chimeneas, gozaban los dos de la frescura del crepúsculo.

—Es una vida dura—dijo el doctor, que seguía pensando en los obreros del fuego.—Me dirán que este trabajo horrible es una consecuencia de los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien de la civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro para pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se muestre contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un modelo de dulzura!

Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía apreciar á todas horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración infinita por los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era algo socialista; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal confesión.

—Lo más amargo de la miseria de estas gentes—dijo el médico—no consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que ganan el pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea.

Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que había sorprendido en todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las minas y las fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero acaso comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para muchos, la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su bienestar, comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas que llevaban en sus terruños los años de sequía y mala cosecha. En las fábricas eran los jornales superiores á los del resto de la península y no se sufrían los grandes paros á que se veía obligada la industria pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin embargo, en las minas y en las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo rencor, una ira reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas horas fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el malestar moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que acababa de pasar por allí, á la vista de todos, tocando á algunos y volviendo la espalda á los demás.