El explotador de la mina había sido jornalero al lado de muchos que ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían conocido los trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran recientes; las habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El bracero que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial, habituado á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades anónimas, monstruos acéfalos de la industria, irritábase á cada momento contra el gran patrono de reciente formación.

Todos habían presenciado el despertar de la riqueza; habían tomado parte en él; era cosa suya; y más que la miseria, les atormentaba el sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber vivido en medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de las ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la comparación eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y caprichosa que empuja á los otros; la convicción del fracaso, más viva y dolorosa, ante las rápidas elevaciones presenciadas todos los días, la tristeza por el bien ajeno, que amarga el pan, agria el vino y hace soñar en venganzas colectivas, viendo un robo en cada paso hacia adelante que da el afortunado.

El ingeniero reconocía la certeza de las observaciones del doctor. La situación de aquella gente era mala: su mejoramiento con las huelgas y los aumentos de jornal, era de un efecto momentáneo. Él creía, como Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo; cambiar la organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una hipocresía que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del presente. Pero aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo, reconocía también aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el de los despechados, que veían enriquecerse á sus compañeros de miseria, ascender velozmente, mientras ellos continuaban en la miseria.

Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta de salida, en la penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas, subiendo y bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.

—Lo que me irrita—dijo el doctor—en todas estas grandes fortunas que se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su infecundidad para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la riqueza individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo, esos tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte escandalosa é indecente, y que mueren dejando centenares de millones, tienen, al menos, la discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El uno funda una universidad, el otro un museo, el de más allá una biblioteca; todos dejan algo que sirve para la emancipación y perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron durante su vida. Pero aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la comezón de perpetuar su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si se preocupa del porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran escándalo del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida haciendo al obrero toda clase de charranadas para llevar mucho dinero á su mujer... y que su mujer se lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos potentados como mi primo que se defienden: pero, créeme: si aquí no viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí todos trabajamos, sin saberlo, para el jesuíta.

Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo para protestar de nuevo contra su tierra.

—Además, me indignaba la tristeza de este país. Cuando Bilbao era una villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de que la gente se divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el mundo todos se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las ciudades mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros internacionales de diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los bandoleros celebran francachelas cuando acaban de dar un buen golpe.... Por aquí ha pasado la Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua Cuaresma; llevamos la tristeza en el alma, como aquellos señores vestidos de negro del tiempo de los Austrias.

El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la villa, aburrida sobre el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal en medio de una prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro goce que el de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se oponían á las fiestas de sociedad.

Aresti tronaba contra la vida de las gentes opulentas. Viajaban por Europa como viajan las maletas, insensibles y sin enterarse de nada, y al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y nimiedades. Si alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban las jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una monstruosidad. Tal vez en este aislamiento huraño, guardador de la inocencia, les ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que, atenaceados por la castidad, describían placeres inauditos, aberraciones monstruosas que nunca habían existido, abriendo con esto nuevos horizontes á la desmoralización.

¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El doctor hablaba con entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su ría bordeada de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos palacios blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas el puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la cabeza caída, tristes.