—No lo olvido—contestó la madre con sonrisa bondadosa.—No debía hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en fin, puede mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del hilito, para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.

Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de sus compañeras cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María. En el salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una pequeña bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su cordoncito para marcar la asistencia de este modo, y las amigas se encargaban algunas veces de hacerlo por las ausentes, engañando á las monjas, que, terminada la reunión, examinaban la lista con una curiosidad meticulosa.

Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de reuniones de las Hijas de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden, que era el principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el que figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus colegios. El Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado con un nuevo título: Océano de Bondad. Y nadie podía adivinar el sentido de esta bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del mapa.

Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la escalinata del hotel, la esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había costado á Sánchez Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas hacía uso, habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia, el cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El automóvil era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era un motivo de envidia para las amigas; doña Cristina consideraba como un homenaje á la Fe, el llegar en él á las puertas de la iglesia de los jesuítas. Era el dernier cri de la devoción; daba á entender, según ella, que el progreso no está reñido con el dogma.

Doña Cristina dió al chauffeur la orden de llegar pronto á Bilbao y el vehículo salió á toda velocidad por entre los tranvías y carruajes que llevaban la gente á Las Arenas. La señora de Sánchez Morueta pensaba en la importancia de la reunión. Iban á tratar la conveniencia de una nueva romería á Begoña, tan ruidosa como la de la coronación de la Virgen, y no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para el siguiente. Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país vascongado amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las fábricas, que se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los maketos de la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra, gentes que hablaban de República y de anticlericalismo y llamaban en sus mitins fetiche y nido de ratas á la milagrosa imagen de la patrona de Vizcaya.

A la reunión de las señoras habían de asistir como directores é inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de moda en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.

Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el afecto con que le trataban los Padres, cómo le hacían partícipe de sus proyectos en bien de la religiosidad del país. Era casi una pasión lo que sentía por Urquiola. Cuando la visitaba, veía en él al representante de aquellos sacerdotes tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su hogar. Fermín era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella. Sentía una amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa residencia del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus visitas al hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola largas horas de los lugares que ella no podía ver por oponerse las reglas de la Compañía á las visitas femeniles.

Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la vida de cada Padre, enumerando sus méritos: uno había viajado por países salvajes; otro sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un ángel ¡y todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra curiosidad, dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las ropas y los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día, para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por ninguna parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos humildes y amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso que los había entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso los Padres de la Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos bajo la sotana de la obediencia.

La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña Cristina. ¡Cómo lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces admirado al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque, y ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de luces eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos los detalles del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las principales familias de España. La nobleza rancia y los ricos de sanos principios, recluían á sus vástagos en la santa escuela. Allí no corrían el peligro, como en las universidades laicas, de tropezar con profesores revolucionarios, y la ciencia antigua y moderna se servía después de bien pasada por el tamiz de Santo Tomás y otros grandes sabios de la Iglesia, únicos depositarios de la verdad.

El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos independientes, y los alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas, evitándose con este acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las secciones sólo se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al verificarse algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras de San Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre nubes, revoloteando camino del cielo.