Abajo, en el patio, estaban los invitados, los parientes masculinos de los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las cuatro estaciones que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad, como vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban los más puestos de smoking, muy elegantes, como hijos de buenas familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las sortijas. Da una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en el teatro, enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de Salamanca y muy rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de mirarse largamente, se saludaban con la mano... ¡Angelitos!

Los actos literarios eran controversias entre los alumnos de punta, ensayadas previamente por los maestros. El estudiante que había de hacer las objeciones, oponiendo reparos á las santas doctrinas, era preparado con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas tonterías, que representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la impiedad de la falsa ciencia moderna.

Un año, Urquiola, siendo estudiante del último curso, se había cubierto de gloria sustentando un tema propuesto por los maestros tras larga deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en Francia, expiaron los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»... Urquiola sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un medio indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor mantuvo opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas, preparadas por los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no pudieron continuarse los ejercicios, pues no faltó quien indicase á los Padres de Deusto que era peligroso pagar con tales juegos literarios la bondad de los que les habían abierto de nuevo las puertas de España.

En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se convertía en un teatro. Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la virtud de los Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir sin miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y revistas en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran de ciertos Padres aficionados á la versificación. La mujer estaba excluida de todas las obras. Con el mismo ritmo con que las chulas cantan «la falda de percal planchá», moviendo las caderas, un alumno cantaba las dificultades del Derecho Natural con tanta gracia, que hasta parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba en el techo. La viejecita se titulaba El viejecito: todas las obras perdían su título femenino, y si en ellas figuraban dos amantes, convertíanse en dos primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de la mano jurábanse quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus maestros... ¡Serafines del cielo!

Doña Cristina conmovíase con el relato de estas fiestas. Bien se notaba que su sobrino se había educado en aquella Universidad. Así era tan caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la buena causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía el país.

La esposa del millonario se sublevaba cuando oía hablar de las calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por defenderlas con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos de los muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era bueno y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos, ahora que se mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y ¡quién sabe si llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios, allá en Madrid, donde todos viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino se bastaban para volver á Bilbao al buen camino, siempre que no les faltase el consejo de los sabios Padres.

Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos pensamientos, corría en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas nubes de polvo.

Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un momento la marcha del vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por el paisaje, con la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y perciben en todo lo que les rodea una nueva vida.

Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como en aquella tarde de verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin embargo, ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.

Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la carretera de Las Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran familias de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un grupo de obreros pasaba, camino del chacolín, por entre un bosquecillo de pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar, el «Boga, boga, marinero» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La ría brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como los fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya plataforma iba y venía pendiente de su manojo de cables, transportando carruajes elegantes, carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren de Portugalete, extendíase el abra como un desgarrón del cielo, moviendo sus aguas de un azul plomizo. El mar libre, chocaba en la línea del horizonte contra la muralla del rompeolas, coronándola de una nube de espuma que corría de un lado á otro como el humear de una locomotora invisible.