—¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda Nicanora.—Deciros algo: hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo ocurre.

Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que los novios anduviesen lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento del que ha pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.

De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la acariciaba con los ojos, poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía inquieta, no encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín, la calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de la sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco envolvíales la alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del amor; el canturreo del agua desgranándose en el tazón de una fuente, el crujido de los troncos al estallar sus cortezas á impulsos de la savia, el lento murmullo de las hojas moviéndose solemnemente en el espacio caldeada, entre nubes de insectos que brillaban al sol como un chisporroteo de oro.

Fernando fué el que habló primero, comenzando como todos los amantes con la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin junto á la mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las horas de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.

—Mira, nena—decía el ingeniero subiendo de tono en su apasionamiento.—Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo creo que te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te amaba sin darme cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe que te quería, fué escuchando una de esas canciones vascongadas, tan dulces, tan tristes, que parece que cantas con el alma.

Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola cantar el Goizeko izarra, la invocación á la estrella de la mañana. Él no entendía la letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él hasta lo más hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho que le tradujesen la letra.

—Ya la sé—continuó el joven—la conozco y creo en ella: siento su infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna brilla en el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se ve...» Eso es lo que yo pienso, mi vida.

Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba con el astro del amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en hermosura y esplendor.

Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo hiperbólico de su novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad que le causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por distraerse: parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con acompañamiento de música: todo eran falsedades dulces, inventadas por los artistas para alegrar la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin mentiras.

Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de viento helado, una frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza aparte, sentía una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de su vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía en el aire.