—No, nena—dijo el amante.—Es tu alma entera lo que pones, sin saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero no te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres, Pepita, dí que me amas.

La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de viva voz lo que tantas veces había escrito en sus cartas.

—¿No lo sabes?—respondió evasivamente.—¿No te lo he dicho muchas veces?

—Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que me amas.

Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos, dijo con cierta gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento solemne:

—Sí, te quiero: te amo, Fernando.

¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo mejor de la entrevista, y la recogió en su memoria, esforzándose por conservarla con toda su luz, para que le acompañase en las largas horas que pasaba allá en la fundición entregado á la vida de los recuerdos.

Sanabre se convencía de que era amado por Pepita. Su mirada, su voz, valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en su despacho. Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar de canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza, mostrábase sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal abstracto que se forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez: el hombre modelo, conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y energía, capaz de enternecerse ante una flor y de pelear como una fiera; ese personaje, en fin, mezcla de tenor amoroso y de paladín membrudo, creado por las novelas, que nunca se ve en la realidad y que turba los sueños de las vírgenes.

—Sí, te quiero—repetía Pepita.—Por mí no temas, no seas niño, nunca me dirás adiós.

—Bebé, ¡dulce bebé!—exclamaba con entusiasmo el ingeniero.—¡Cuánto te amo! ¡Qué feliz soy!...