—Quieto, ¿eh?—dijo pasando sin transición de la dulzura á la altivez, con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el joven intentase una monstruosidad.
De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor Aresti, de una de sus paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este es un país sin corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con el novio.»
Sanabre quedó largo rato cohibido y como avergonzado por el brusco movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de la viveza de su protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien reanudase la conversación.
—Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu marido—dijo el ingeniero tristemente.
La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz tierna de enamorada.
—Con ese, nunca, ¡nunca!
Y habló de la repugnancia que le inspiraba Urquiola, con sus petulancias de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias señoritas de la villa y escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la que mejor le conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes, en las tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían que tenía una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con la que vivía maritalmente. Hasta había oído decir que tenían hijos.
—¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!—repetía con gestos de repugnancia.
Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero osaba ponerse frente á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente tan querido por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura:
—Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad que piensas como mi tío?... Dime que no, Fernando; dime que no.