El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba con ojos interrogantes, de una candidez alarmada, como si temblase ante su respuesta. Sanabre recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra muchacha inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de romper en un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor. Pero el miedo al ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de alarmar á un alma soñolienta.
—Sí, vida mía, tengo religión—dijo evasivamente.—Creo que el hombre debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para ello trabajo.
Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre. Si le hacía aquella pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas veces de Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día que era igual á su primo el doctor.
—¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento de que esto fuese verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que nos viésemos para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo decía yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es imposible que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío.
Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con una dulzura que contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió:
—Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los muchachos de Bilbao, á confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en la Residencia?...
Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué decir, mientras Pepita seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los domingos en la iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos se leía por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de la Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella—no sabía explicarlo bien—creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se hallaba más cerca. Además, la religión era allí más distinguida: sólo se veían personas decentes.
—Tengo mucho que hacer—dijo el ingeniero evadiendo la respuesta.—Yo pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión.
La joven siguió hablando, inspirada ahora por el egoísmo del amor. Nada perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse simpático á ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás, trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo hacían llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos cerrados. ¡Si ellos quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no tendrían que temer nada!...
—Fernandito—decía con voz acariciadora.—Ve por allí; hazte simpático: tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún Padre la hablase de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!...