—Veremos, veremos—murmuró indeciso el ingeniero.
Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino tortuoso que le proponía su novia. Experimentaba la cobardía del amor, y cerraba los ojos. Él, que era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la mujer amada ¿por qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez era el del éxito?...
—Te quiero—dijo con entusiasmo.—No hay nada que me detenga para llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia, seré luis: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu familia no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?...
Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su inquietud amorosa traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella entrevista.
Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba mirar á su novio como si temiera que este leyese en su pensamiento.
—Dí, mi vida—seguía preguntando el ingeniero.—¿Y si se oponen á nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú?
La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura:
—Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.
—Lo sé, y mi alma se llena de alegría al escucharte. Pero hablemos seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices. Yo soy pobre y tú eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de opulencia por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te amaría mucho... mucho?
Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida que la proponían, ni sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el ingeniero.