—Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico.

Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que no creía en la posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á gentes de otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la primera en todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario hablar.

—¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si nos separan?... ¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás para ser mi mujer?...

Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de asombro, como si escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un peligro no previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de lo humano.

—Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca.

Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas. Quería conocer su valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su voluntad, medir la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te amo.» ¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos lo que debía hacerse cuando llegase el momento.

Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía ofendida de que se le quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de nuevo en el doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de razas distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero adivinaba algo de ridículo en su situación, como si realizándose las irónicas fantasías del doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata ante el hotel del millonario.

Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes. Deteníanse para contemplar una flor rara, seguían con atención infantil los saltitos de los pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por primera vez el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces hubiese permanecido oculto entre nubes.

Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y podía presentarse doña Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las horas de angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba llevando sobre el alma el peso de su decepción.

—¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!—dijo cogiendo una mano de Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de antes.—¡Dime que, ocurra lo que ocurra, no me olvidarás!