—Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca.

Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin resistirse, con la misma tolerancia con que se entrega un objeto precioso al niño enfurruñado, para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la potente garra de Sánchez Morueta.

La intervención del aña interrumpió su embriaguez amorosa. El portero acababa de abrir la verja y el automóvil de la casa, tras un retroceso para reanudar su marcha, entraba lentamente por la avenida principal del jardín.

Corrieron los jóvenes, seguidos por el aña, hacia la entrada del hotel, para salir al encuentro de doña Cristina.

Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con el ingeniero, miró severamente al aña. Pero la mujerona le contestó con otra mirada arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad no admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había paseado con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal había en ello?...

Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á la señora de su jefe. Había venido para saber cuándo regresaría don José de su viaje.

Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse ahorrado la molestia de la visita, preguntando por teléfono.

—Es que, además, deseaba ver á ustedes—dijo Sanabre.

—Muchas gracias—contestó con altivez la señora.—Agradezco su atención. ¿Entra usted?...

Y con los ojos le daba á entender que podía retirarse.