La joven vió como se alejaba su novio, humillado y cabizbajo. Después subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible aparición de su madre encolerizada.
No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz temblona de ira y la del aña que le contestaba con no menos acritud.
Por la noche, al reunirse en el comedor, doña Cristina miró á su hija con insistencia, pero sus palabras fueron breves.
—Que sea la última vez—dijo—que recibas visitas, ni dentro de casa... ni en el jardín. También es casualidad, venir ese... individuo, la misma tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma.
Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si quisieran escudriñar el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno disimulo que no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el amor.
VI
El amanecer era de verano, sin una nube en el cielo, delatándose la proximidad de la salida del sol con un celaje de color de sangre que apagaba el último parpadeo de las estrellas.
Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras anunciando los primeros trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban corriendo por el Arenal, con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que tenían su trabajo en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la bruma de su profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas fajas de barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en la parte alta de la ría las luces de los anguleros, que durante la noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes. Las aves marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de la villa, revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el mar, siguiendo la tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del Abra.
Comenzaban á abrirse los establecimientos de la gente pobre; abacerías, tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á los fieles á misa y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de negro, con aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua, semejante al olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á las campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes de los barcos y los gritos de las cargueras que reñían por preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á tierra, con la cabeza abrumada por los fardos.
Por las calles comenzaban á rodar los carros de la sarama recogiendo el estiércol: las vendedoras de fotes llamaban á las puertas repartiendo los panecillos del desayuno.