—Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más bonita que tú, y más rica, pues sus padres eran reyes...
Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el detalle de sus trajes, sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de ella.
—Un día, en un sarao de la corte, cuando más llamaba la atención por su hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de otro rey, los cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la princesa asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un pecado que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba la forma de un reptil para no abandonar su cuerpo.
Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador horrorizado, hacía estremecer á la joven. El final de la historia no era más tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la princesa, y la desdichada descendía con el peso de su pecado á los infiernos.
—Vamos, hija mía—dijo el confesor tras una pausa, para recobrar su sonrisa después de la historia horripilante.—Tú eres más buena que la princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor. Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no mienten, pero que tiene una correa para castigar á las que son malas y rebeldes. Vamos, Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo para tí, como si lo fuera... ¡Tú tienes un novio!
—No, Padre—dijo Pepita con voz trémula, intentando todavía defenderse.—Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los demás... que le tengo cierta simpatía...
—¡Vaya por el amigo!—exclamó bondadosamente el confesor.—Y este amigo te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de mamá. No digas que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen las cartas y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si es inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!...
Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez del pajarito, como si fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.
La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí tomó entonces un tono solemne:
—Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido un grave pecado, pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo has hecho, indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y espero que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe vivir agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que es el mundo, querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á mamá, escuchando las proposiciones de un hombre, sin saber si éste puede ser del gusto de sus padres y de las personas de buen consejo que los rodean! Vamos que merecías una zurra, como las chicuelas malcriadas que hacen alguna diablura.