Y su mano blanca se movía tras la rejilla con burlona expresión de amenaza.
—Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las jovencitas del día, pídele á tu madre un libro titulado «La entrada en el mundo.» Si ella no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente lo sabe de memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los muchachos, cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad de Deusto y es una guía completa de lo que debe pensar y hacer en el mundo todo joven cristiano. El que la sigue al pie de la letra no necesita más para ser un modelo de caballeros católicos y excelentes padres de familia. Lee ese libro, Pepita: busca los capítulos que se titulan «La elección de estado» y «Antes que te cases»... y verás lo que le corresponde hacer á la juventud cristiana para conservar pura su alma y no ofender á Dios. Para la elección de estado hay que meditar mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la santísima Virgen, tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el bienaventurado y glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa debe escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo maduro y reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y sobre todo, de vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro.
Y el confesor recalcaba lo del director espiritual, como si éste fuese el personaje más importante entre todos los citados.
—¿Qué es el director espiritual?—continuó.—El librito lo dice claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que dirija vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os queda alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros confesores, y si éstos se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen á medida de vuestros deseos es porque saldrán conforme á la voluntad de Dios que es lo que más os interesa. Eso del amor, no es más que galantería mundana, inventada por poetas y novelistas defensores del pecado, que nunca puede dominar á una alma cristiana.» Ahí tienes, chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los jóvenes al salir de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y acatan muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á buscar marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que ostentan títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin venir aquí antes á decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en Zutana: ¿me conviene?» y se van tan satisfechos de los consejos del Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita... Pepita! Bien se conoce que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que mamá es casi una santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados, como ese médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del siglo.
La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto la inmensidad de su pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:
—Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el seso, será poco más ó menos como tu tío el médico.
—¡Ay, no, Padre!—se apresuró á decir Pepita aprovechando la ocasión para defender á su novio.—es muy buen católico: me lo dijo el otro día cuando hablamos en el jardín.
—¡Hum, hum!—tosió el jesuíta—¿Dónde ha estudiado? En alguna de esas escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es más que puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...
—Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se confesaría aquí; que se inscribiría en los Luises, que haría todo lo que yo le mandase. Crea usted, Padre, que no es malo.
—¡Je, je!—rió maliciosamente el confesor.—No está mal la resolución. Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas al matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados. El Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo un boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles que hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú, hija mía, ¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era más grave de lo que creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la voluntad de tus padres y de tu director espiritual, estás en pecado y no podré darte la absolución. ¿Entiendes?...