Mucho después de medio día, cuando los empleados se deslizaron sin ruido para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado hacia el despacho, atraído por el timbre.
—Dile al capitán que suba—dijo el millonario.
—Don Matías no está, señor—contestó el criado.
Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta mirar el gran reloj de la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la fuerza de la costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora todos hacían lo mismo.
—Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te den... lo que á tí se te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.
Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena de platos y coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y como perdida en un punto lejano, muy lejano.
Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre una mesa. Bebió un poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café, como si éste fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se llevase los platos casi intactos.
—Mira, hijo mío—dijo con dulzura inesperada.—Llévate todo eso; cómetelo y que de salud te sirva.
Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando en su sillón aquella inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.
Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á dormirse. Era un sopor dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba. Pero en esta actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el bienestar del que en nada piensa.