Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor Aresti en el despacho, el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la vida.

—¡Esto es un horno!—gritó el médico,—¡Aquí no se puede respirar; qué humareda; parece un incendio!

Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se disolviera la nube de tabaco en que se envolvía su primo.

—¿Qué pasa?—dijo Aresti cuando pudo respirar con algún desahogo.—¿Qué te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...

Y después de examinar el rostro de su primo, hizo un gesto de asombro. Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de un golpe en más de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga física, como si no hubiese dormido en algunas noches.

—¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.

Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de pronto se abriesen en él ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba los pensamientos dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.

—¡Ay, Luis!—suspiró el gigante con un acento casi infantil, cogiendo, las manos de su primo.—Mi vida terminó. Han matado todas mis ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!

Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre Aresti, abrumando la pequeñez del doctor con su corpachón.

—¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas como una señorita desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á llorar como los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares. Veamos por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.