Marchaba rodeado de guardias, tranquilamente, con las manos libres, hablando á la muchedumbre. Detrás de él iba un ejército, más de tres mil soldados, y casi todo el vecindario de Constanza. Durante el trayecto se oyó muchas veces la voz de Maestro Juan gritando con fuerza:

—Jesucristo, hijo de Dios vivo; ¡miserere nobis!

Cuando llegó al lugar del suplicio, se hincó de rodillas tres veces ante el enorme montón de leña, volviendo á repetir la misma invocación. Quiso predicar al pueblo y le negaron el permiso. Fué atado á un poste, en lo más alto de la pira, con una cadena al cuello. Sus pies descansaban en un taburete, y la mayor parte de su cuerpo desaparecía entre los leños y la paja, que le llegaban hasta la barba.

Todavía en esta posición los representantes del emperador le invitaron á retractarse y salvar su vida. Huss, por toda respuesta, empezó á predicar sobre su inocencia, y aquéllos dieron la orden de prender fuego.

Como los verdugos habían derramado mucha pez sobre la hoguera, ésta ardió con instantánea combustión. En medio de las llamas se le oyó cantar «Jesu Christe, Filli Dei vivi, miserere nobis»; pero no pudo repetir tales palabras, pues el humo lo asfixió.

Algunos personajes eclesiásticos admiraron noblemente su heroísmo. Eneas Silvio Piccolimini, que había de ser Pío II (el único Papa novelista), dijo que la muerte de Huss recordaba la de los filósofos antiguos de ánimo más fuerte. Sus cenizas y huesos fueron arrojados al Rhin, para evitar que sus admiradores guardasen dichos restos como reliquias.

Implacable el concilio en la persecución de los reformadores del dogma, decretó igualmente que se desenterrasen en Inglaterra los restos de Wiclef para quemarlos, ya que no era posible hacerle morir en el mismo suplicio que Juan Huss. Uno de los más ardorosos discípulos de Maestro Juan, el elocuente Jerónimo de Praga, fué quemado algún tiempo después en la misma ciudad de Constanza.

—En torno á la muerte de Huss se han forjado tradiciones interesantes. Cuando el mártir estaba atado en lo alto de la pira, vió cómo se acercaba una viejecita fanática llevando con trabajo su haz de leña para la quema del hereje. «¡O sancta simplicitas!», exclamó el mártir. Antes de morir dijo algo más importante: «Hoy quemáis un ganso, pero de mis cenizas nacerá un cisne que no podréis quemar.» Huss, en lengua bohemia, significa «ganso», y el cisne era Lutero, que apareció un siglo después.

Borja sonrió, añadiendo con una expresión de tolerancia:

—Creo que la tal profecía fué inventada en tiempos de Lutero; pero aunque así sea, resulta digna del precursor quemado en Constanza. La Historia no valdría la pena de ser leída si la despojásemos de tantas frases elocuentes que nunca fueron dichas por los personajes á quienes se atribuyen, de tantas coincidencias portentosas buscadas luego de ocurridos los hechos. Perdería su enorme interés de novela vivida.