—Ved cómo mis enemigos no llegan á entenderse siquiera sobre el modo de deshonrarme.
Luego de borrar su tonsura le pusieron en la cabeza una corona de papel de dos pies de alto, en la que estaban pintados tres horribles demonios arrebatando su alma, con la siguiente inscripción: «Este es el heresiarca.»
—¡Abandonamos tu alma á Satán!—gritaron los obispos.
Huss juntó sus manos, levantó los ojos al cielo y repuso:
—Señor mío Jesucristo, que llevasteis una corona de espinas más dolorosa que la mía: por amor de vos, yo, pobre pecador, llevo humildemente esta corona más ligera, aunque infamante.
Terminada la degradación, el concilio lo abandonó al brazo secular. Según una antigua costumbre de la Iglesia, horriblemente hipócrita, Maestro Juan fué entregado al emperador con la siguiente recomendación: «No sea condenado á muerte, sino á perpetua cautividad.»
Segismundo, como todos los soberanos de entonces, sabía que estas palabras misericordiosas no eran más que una fórmula ritual, é interpretando su verdadero sentido, dijo al preboste de Constanza:
—Coged al Maestro Juan Huss y quemadlo por hereje.
El preboste ordenó á sus gentes que lo condujesen á la hoguera tal como estaba, sin quitarle los dos hábitos superpuestos de paño negro que vestía á causa del frío de la prisión, su calzado, su ceñidor, su cuchillo, ni otras cosas que llevaba sobre él.
Al salir de la catedral, vió cómo ardían en medio de la plaza todos sus libros, quema que le hizo sonreir.