Después de amenazar el concilio con severas penas á todo el que interrumpiese la discusión, hizo leer las herejías de Wiclef enseñadas por Juan Huss. Éste se defendió con vehemencia apelando á Cristo y no quiso abjurar. Entonces lo obligaron á ponerse de rodillas para que escuchase su sentencia, arrojándolo de la Iglesia y degradándolo como sacerdote.
Siete obispos le revistieron los ornamentos sacerdotales como si fuese á celebrar la misa. Al ponerle el alba, dijo Maestro Juan:
—Cuando Cristo fué conducido de Herodes á Pilatos, lo cubrieron con un vestido blanco para burlarse de él.
Le exhortaron los obispos por última vez á que se retractase, y Huss contestó dirigiéndose á la multitud:
—No quiero mentir ante la cara de Dios, ofendiendo á mi conciencia y á la verdad. Retractarme sería engañar á muchedumbres enormes que escucharon mis predicaciones, anunciando la palabra divina.
Los obispos le pusieron un cáliz en las manos y se lo arrebataron á continuación, gritándole:
—Judas, ya que abandonaste el consejo de la paz para tomar el de los judíos, te quitamos el cáliz de salud.
A lo que contestó el excomulgado:
—Dios Todopoderoso, por el cual sufro, no me quitará el cáliz de salud que espero beber hoy mismo en su reino.
Uno por uno le fueron arrebatados los ornamentos sacerdotales, entre terribles maldiciones del rito. Como los obispos debían terminar por la supresión de su tonsura, discutieron entre ellos cómo podrían hacerlo, si con navaja ó tijera, y Huss gritó al emperador Segismundo: