Él tuvo miedo á este plazo, que le parecía muy largo, é insistió para obtener una respuesta inmediata.

—Bueno; sí... Haremos el viaje.

Dijo ella esto con voz floja, sin entusiasmo, como si deseara terminar cuanto antes la conversación.

Después del almuerzo aún permanecieron juntos media hora en el hall. Rosaura acabó por subir á sus habitaciones. Iba á entregarse á la lectura de un volumen de versos de Petrarca, comprado el día anterior, y tal vez, si al anochecer aflojaba el mistral, saldría con Claudio á pasear por las calles más céntricas. Él podía entretenerse visitando á varios libreros de lance que le habían ofrecido obras raras sobre la historia y las costumbres de Aviñón en tiempo de sus Papas.

Pasó la tarde manejando volúmenes antiguos, recibiendo en la garganta el polvo de sus cortes y lomos, hablando con libreros entusiastas de la antigua Provenza, que unían á la rapacidad del comerciante fervores de bibliófilo y de arqueólogo.

Cuando al anochecer volvió á su hotel, el portero le entregó una carta.

—Es de la señora del número 2. Salió á media tarde en su automóvil y me encargó que se la diese al entrar.

Borja abrió el sobre con dedos trémulos, para leer unas cuantas líneas escritas, sin duda, apresuradamente.

Se marchaba Rosaura á su casa de la Costa Azul, dándole á entender de un modo terminante su deseo de no verse seguida. Volverían á encontrarse alguna vez. ¡Adiós! El mundo es menos grande de lo que creen las gentes. Podía continuar su viaje solo. Era mejor para sus estudios.

Y tal fué la cólera del joven al leer esto último, que lo aprobó. Sí; era mejor para él olvidar su encuentro de Aviñón. Era mejor seguir su existencia de siempre, libre de una mujer que pertenecía á otro mundo.