Su soledad parecía suprimir los obstáculos, presentándole como factibles las empresas más absurdas. Hombres fieles le servían de emisarios, viajando por Francia é Italia para intentar la realización de sus planes.

Martín V, el Papa de Constanza, no se engañaba al mostrarse inquieto mientras existiese el anciano refugiado en Peñíscola. Hacía éste ocultas proposiciones al castellano de Civita-Vecchia para efectuar un desembarco en dicha ciudad. Intentaba establecer relaciones, para una expedición marítima, con el marido de Juana II de Nápoles, que había sido lugarteniente de su gran amigo Luis de Anjou.

Aún tenía sus dos galeras ancladas en Port Fangos, puerto cada vez más solitario, en el delta del Ebro. Era el Papa del mar y estaba seguro de reunir toda una flota de galeras y galeotas, como en otros tiempos, pidiendo apoyo á los mareantes de Barcelona, Valencia y Mallorca, agrandando su marina pontificia con los caballeros errantes del Mediterráneo, que vivían de piraterías y otras malas artes, como los paladines terrestres disimulaban atropellos y robos con su heroísmo.

Este anciano que bendijo á todos los reyes de su época, cuyos pies habían besado éstos y otros personajes poderosos, se sobrevivía años y años en una roca olvidada, junto al Mediterráneo. Sus amigos desleales eran ahora grandes personajes de la Iglesia. Los teólogos que al predicar sermones en su honor habían fabricado tantas imágenes sobre su apellido fingían olvidarse del «Papa de la Luna», pero de pronto recordaban con asombro é inquietud que aún no había muerto.

La prolongación de su existencia era considerada por muchos como una prueba de su legitimidad. Numerosos enemigos suyos que aún eran jóvenes iban desapareciendo, arrebatados por la muerte. Él continuaba viviendo, y su vigor sobrenatural, su tenacidad incansable, le hacían esperar algo milagroso que surgiría á última hora, imponiendo el triunfo de la verdad y la justicia.

Rosaura interrumpió á Borja con voz titubeante:

—Tal vez voy á decir un despropósito, pero este hombre que se sobrevive en un peñón solitario, mirando al mar, acordándose de sus glorias ya muertas, viéndose cada vez más solo y no dudando nunca de sí mismo, me recuerda á Napoleón y la isla de Santa Elena, que fué para muchos una simple roca.

Borja aprobó, sonriendo benévolamente:

—Sí; tal vez existe cierta semejanza, sobre todo en su muerte. Los dos, luego de preocupar al mundo é inspirar temores desde su retiro, se extinguieron en silencio, momentáneamente olvidados.

IV
En el arenal donde quemaron al fraile por «envenenador y nigromante»